Hace un par de días recibimos una visita inesperada. Al volver a casa me dirijo a la cocina para coger un tentempié y oigo a Ángela gritar desde la habitación. Subo las escaleras a todo trapo y veo salir corriendo un pequeño roedor que se mete a trompicones en la habitación de al lado. Hay distintas versiones sobre el inquilino; desde “un rantoncito de campo” hasta “una rata del tamaño de un perro pequeño”. Cierro la puerta de la habitación donde está Ángela y también la del bebé. La cacería comienza.

Tengo que mencionar que el día del incidente estaban en casa Cármen y su novio Álvaro. Esto es importante porque Álvaro es el héroe inesperado de esta historia. En la cima de mi escala de animales desagradables se sitúan los reptiles pero justo después vienen las ratas. Especialmente las de Londres, que se han acostumbrado a sobrevivir a intentos  de atraparlas y están en los lugares menos sospechados.

Primera fase de la captura. Álvaro sigue al roedor hasta mi habitación y empieza a rebuscar entre los muebles. Decidimos que lo mejor es cerrar todas las puertas menos las que conducen a la entrada principal. Abriremos la puerta a la calle y asustaremos al bicho hasta que salga. Como es habitual esto suena más fácil de lo que es. Tras 20 minutos de búsqueda oimos un ruido detrás de la comoda. Vemos una caca de rata en el suelo, y otra, y ota (no me explico cómo pueden fabricarlas tan deprisa pero eso no es importante para la historia). De repente Álvaro mueve una bolsa y el animalito sale disparado. En principio se dirige a las escaleras, parece que el plan funciona, pero en un abrir y cerar de ojos le perdemos la pista. ¿Dónde se ha metido?

Segundo intento. Cerramos la puerta de la habitación. Se tiene que haber metido en algún rincón pero todo está cerrado. Hay un baúl en el rellano de la escalera, empezamos a buscar… Media hora después la rata no ha aparecido. Supongo que es una rata ninja. Decidimos dejarlo todo cerrado e irnos a dormir al salón (después de la busqueda la habitación está hecha un desastre y son las 3 de la mañana…

Una hora después oimos un ruido detrás de la puerta de la cocina. Vamos a mirar. Abrimos la puerta y no hay nada así que nos volvemos a dormir. Unos 20 minutos después volvemos a oir algo y repetimos la operación. Nada. A la tercera miramos con más cuidado y vemos que la parte de abajo de la puerta está mordisqueada. La rata ninja se ha escondido en alguna parte y cuando piensa que estamos dormidos intenta abrirse paso hasta la cocina a mordiscos. Tenemos que encontrarla.

Buscar, buscar, buscar. Quitamos los zapatos de al lado de la puerta principal, miramos en todos los rincones. Movemos el zapatero, ¡Ahí está! Sale como una hexalación hacia el perchero que hay al lado de la puerta. ¡La tenemos! Abro pa puerta de entrada para que pueda salir a la calle y movemos el perchero pero ya no está. Después de comernos la cabeza un rato empezamos a quitar los abrigos y de repente Álvaro llega a una chaqueta que pesa más de lo esperado. La pone en el suelo y le da un golpecito con un paraguas. La rata sale corriendo por la puerta y yo cierro en cuando ha salido. Había trepado por el cinturón de una gabardina que estaba tocando el suelo y luego se había agarrado al forro de una chaqueta. Hay que admitir que la rata tenía recursos.

Solo nos queda celebrar la victoria. Abrimos una cerveza y nos la tomamos en el salón. Hemos derrotado al roedor y nos sentimos como Julio Cesar. Tenemos una buena historia que contar… Pero espera. Ruidos en la cocina. Álvaro se asoma y nuestra amiga está sentada en un plátano a medio comer. Álvaro la enfoca con la linterna del móvil (una aplicación muy útil por cierto) y sale corriendo hacia la lavadora. Se mete por una rendija y desaparece detrás del fregadero. Salgo a la calle y veo que hay un agujero en la pared que debieron de dejar abierto la última vez que el casero hizo reformas. Es por ahí por donde entra.

Finalmente decidimos sellar la lavadora con bolsas de plástico y ponemos una trampa en la parte de dentro de la cocina justo debajo del agujero. La trampa es el típico muelle atornillado a un trozo de madera en el que se pone un trozo de queso. La había comprado hacía un par de semanas y la puse en el jardín pero nunca conseguí capturar nada. Escribo un mensaje a mi casero para que venga a tapar el agujero y nos vamos a dormir sin mucha fe en que la trampa capture a la rata ninja. A la mañana siguiente la rata ha caido en la trampa y está espachurrada debajo del muelle. Ahora nos da algo de pena pero supongo que hemos vencido.

Abrimos las puertas, aviso a Ángela, ¡victoria! A la mañana siguiente el casero tapa el agujero con cemento y yo compro un cacharrito de ultrasonidos que según la publicidad espanta a los roedores. Esperemos que funcione…

Daniel

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