Mamá London

Vacaciones ¿forzosas?

By 30th Junio 2014 No Comments

Este es un post casi, casi, de jornada de reflexión. Reflexión sobre una etapa que se cierra y sobre la que se acaba de abrir. Reflexión sobre lo que significa ser mujer, madre y trabajadora. Reflexión sobre lo que significa ser mujer, profesional y madre. Sobre lo que se siente al darse de bruces contra ese ‘techo de cristal’, que aunque invisible, duele cuando te lo ‘tragas’.

Hoy, 30 de junio, termino mi contrato laboral con una multinacional sobradamente conocida. La decisión ha sido suya, no mía. Los motivos, difusos. De puertas para adentro y “para no preocupar al resto de los compañeros”, me voy porque estoy embarazada. De puertas para afuera, “hay recortes de presupuesto y no se están renovando los contratos temporales”.

La verdad es que, visto con distancia y toda la objetividad de la que una es capaz, parecen motivos razonables. Salvo que en ambas explicaciones se escapa un matiz contextual que cambia, con mucho, la situación.

A las 9 de la mañana, me armo de valor y pido a mi jefa directa una reunión de carácter personal. Me contesta a vuelta de email y nos encerramos en una salita. Intentando mantener un tono alegre, positivo, sincero y directo, explico que llevo un par de semanas meditándolo y tras saber que mi compañera se va de baja por maternidad en octubre, creo que, a riesgo de perder mi empleo, tengo que decirle que yo también estoy embarazada.

Lo descubrí a la semana de empezar este proyecto y he querido esperar hasta ahora, a estar de 4 meses y a que haya pasado todo el riesgo del principio, para contárselo. Las noticias no pueden ser mejores, aunque es cierto que los tiempos no acompañan. Que he querido darles todo el tiempo necesario para facilitarle la vida a todo el mundo porque aunque mi contrato era inicialmente de 3 meses para pasar a una posterior renovación, ya como indefinida, yo me encuentro bien y con muchas ganas de trabajar y quiero terminar por lo menos mi contrato inicial y, si les parece oportuno, renovar hasta finales de septiembre.

Me felicita. Pregunta sorprendida que de cuánto tiempo estoy y qué planes tengo de futuro, Que si pienso volver a incorporarme al trabajo después de dar a luz, que qué tal me encuentro, que cuáles son los escenarios que me planteo. Me pide tiempo para pensarlo y hablarlo con su jefa, a la sazón, directora del departamento para Europa. Al parecer los presupuestos para el nuevo ejercicio no han llegado todavía. Pero me dice que está de acuerdo conmigo, que si me encuentro bien y puedo trabajar hasta septiembre o por lo menos hasta que termine mi contrato, sería lo mejor para todos.

Me voy aliviada por haber hecho lo correcto y haber seguido mis impulsos, pero con la mosca detrás de la oreja. Al fin y al cabo, llevo tan sólo un mes trabajando aquí, mi contrato inicial es de tres meses y el fin del año fiscal de la empresa se acerca peligrosamente (a un mes de que mi contrato finalice).

Media hora después, recibo un email urgente, pidiéndome que me reúna con ella una segunda vez. El asunto, “Personal”.  Cuando llego a la sala de reuniones me pide que me siente y me dice que acaba de hablar con su jefa y que, aunque aprecian mucho mi sinceridad y que les haya contado mis ‘noticias’, que justo les acaban de llegar los presupuestos y que, sintiéndolo mucho, no me pueden renovar el contrato.

Acto seguido, ‘carantoña al ego de servidora’: que si soy una profesional estupenda, que me va a dar referencias, que no voy a tener problema en encontrar otra cosa y que es maravilloso que decida dejar de trabajar para dedicarme a cuidar a mis hijos.

Salta la alarma. No he dicho en ningún momento que quiera dejar de trabajar, todo lo contrario. He perdido la cuenta de cuántas veces he recalcado mi ambición profesional, así como mi convicción personal de que con esfuerzo, ilusión, trabajo y tesón, se puede sacar adelante una carrera profesional y una familia; una familia y una carrera profesional. He dicho que quiero trabajar hasta al final, como hice durante mi anterior embarazo.

Me ignora. Continúa su perorata sobre que lo mejor es que digamos que me voy por decisión propia, a un mes de terminar mi contrato y coincidiendo con el final de mes – y de su año fiscal – para “no preocupar a mis compañeros con los recortes de presupuesto”. Contesto que diré que me voy porque termina mi contrato, que estoy embarazada y que estoy buscando trabajo, por si suena la flauta y alguien oye algo.

Ante esta manera de hacer las cosas, de comunicarlas, amigos y familiares me preguntan que cómo no les denuncio, que no tienen razón, que es algo discriminatorio. Mi respuesta es meditada y no tiene nada de vaga ni perezosa: es su palabra contra la mía. Ni tengo el tiempo, ni el dinero, ni las fuerzas para ponerme a pelear durante años por sacar esto adelante, menos contra un gigante empresarial en un país que no es el mío.

Ello no quiere decir que no me sienta triste, decaída, decepcionada – con la empresa, con la realidad y conmigo misma. O que no me pregunte si no habría estado más guapa ‘calladita’. O que no me preocupe el futuro. Adoro a mi familia y estoy orgullosa del proyecto en común que estamos sacando adelante Daniel y yo, pero también quiero llegar lejos, tener una carrera, sentir que todo el esfuerzo que me ha llevado llegar hasta aquí tiene sentido.

Así que esta es mi particular jornada de reflexión. Embarazada de 5 meses, en la calle y buscando trabajo. Ilusionada porque tengo el apoyo del mejor marido del mundo y de toda mi gente. Decidida a salir adelante y a demostrar que se puede ser mujer, profesional y madre, y que el orden de los factores no altera el producto. Pero también meditabunda, penando sobre cómo puedo utilizar esta situación para allanar el camino de otras que se encuentren en mi situación o similar; de conseguir que una mala pasada dé frutos positivos. ¿Sugerencias?

Angela

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